DE DIARIO
Kilométricos,
les decían. A las seis de la tarde sonaba
la campana y salían en estampida. Eran varios los retenes que tenían que
cruzar: el primero, el de la profe de religión quien las reparaba de pies a
cabeza a ver si adivinaba alguna
picardía en sus rostros y luego contarlo en la clase del día siguiente, y ay! de aquella con la que se tropezara por casualidad en algún almacén, ahí sí que
el tema se ponía interesante; el segundo era el del vice -rector, éste les
observaba los labios, por si se los maquillaban para luego mandárselos a
limpiar; el último retén, ese sí que era teso...”la mona”, la portera, a
diferencia de los otros, las conocía a todas, se sabía los nombres y hasta los
cursos en que estaban, así que si alguien las recogía a la entrada del colegio, no dudaba en reclamárselo como si fuera su
madre.
El uniforme de
diario era garante de que cuando
pasearan por las calles de la ciudad los muchachos, no se les acercaran, y no
era por que fueran malucas, a ellos lo que no les gustaba eran sus uniformes.
Sus uniformes tenían algo raro; todas las personas reconocían los barrios de
donde provenían todas ellas, además, ejercía una influencia insólita sobre sus
conciencias, cuando salían con algún muchacho, no se imaginan lo que sentían,
todo el colegio se les venía a la mente
se consideraban sucias y todo porque lo tenían puesto.
Dentro del
colegio sí que era chévere tener puesto el uniforme, se podían escabullir entre sus compañeras mientras
arrebataban una papa caliente y luego negarlo. El dobladillo era estupendo para
copiarse en los exámenes, solo tenían que levantar la falda y ahí estaba la
respuesta; por supuesto, ningún profesor se atrevía a buscar en ese sitio. Con el
uniforme, lustraban los zapatos; el efecto era espectacular, pues la textura de la tela se prestaba. El uniforme podía servir incluso para montarse
en los buses en "bonche" y pagar solo dos o tres pasajes, cuando en realidad subían más de
diez; eran las ventajas de ponérselo.
Con el uniforme
parecían producidas en serie, como si los procesos de clonación ya existieran;
y aunque sabían que estaban distintas, muchas veces les hicieron creer que teniéndolo puesto eran iguales y por
tanto, sus comportamientos debían ser iguales. Imaginarse que hubieran sido
iguales, les aterraba ser iguales, ¿a qué? ¿A quién?
El uniforme de
diario sacó a Andrea de apuros en su vida de adolescente. Siempre se sintió
elegante, lo usaba planchado, con buen olor a jabón de bola y nadie se enteró
nunca que tenía dos mudas de ropa particular y solo un par de zapatos
colegiales. Parecía como si la misma
historia se repitiera en sus vidas:
huérfanas unas, violentadas sexualmente otras, trabajadoras domesticas,
vendedoras, y muchas con una profunda
soledad.
Para Andrea y
sus compañeras, la alegría de ponerse el uniforme de diario trascurría tras las
clases de los profesores que explicaban con cariño, que no gritaban, no mandaba
callar, no dictaban. Esos tenían magia, les despertaban el interés por los
asuntos comunes, los intereses colectivos, les daban confianza y esperanza
de que podían desenvolverse aún en las
dificultades, las escuchaban, les preguntaban lo que pensaban de lo que sucedía
dentro y fuera del colegio.
Andrea se
embarazó de un chico que estudiaba en el
colegio de varones que quedaba en la cuadra siguiente de su colegio, y debió
dejar la escuela, el rector no le permitía quedarse pues según él, era un mal
ejemplo para sus compañeras y no podía portar el uniforme, así que en medio del
silencio de todos y todas tuvo que dejar la escuela. Lloró mucho.
Su abuela se la
llevo al campo, el barrio no debía enterarse de su nuevo estado, ella no
entendió esto ni tampoco el porqué su
novio se desapareció una vez supo que
ella estaba embarazada.
En el campo, se
fue a la escuela que solo tenía un salón grande y aprendió a montar
bestias, se aprendió los nombres de
diferentes plantas, como cuidarse de algunos animales, se empezó a sumergir en ese mundo y se dio cuenta que a
sus compañeros y compañeras no les interesaba
contar números sino yucas, huevos, pollos, leños, ganado, matas de maíz,
patillas, pepinillos, naranjas en fin, todo lo que podían traer al pueblo para
vender. No les interesaba escribir rosa de flor, sino roza de cosecha. Les
interesaba su vida diaria y en cualquier momento pedían la suspensión de la
clase e improvisaban una pelota con
hojas de monte , bolsas y cabuya, en donde el profe, las niñas y niños jugaban
en igualdad de condiciones.
Notó la ausencia
del uniforme de diario en los niños de
la vereda. Salvo por aquellos jóvenes
como de su misma edad que en ocasiones pasaban por la escuela, todos vestidos
de verde quienes pedían agua y comida y luego se iban y, los animales y las
plantas: las vacas con las marcas de sus dueños dolorosamente colocadas
con hierros en el lomo o, la costilla de
éstas, todas idénticas, de la misma raza y productoras de leche; los toros
igualmente marcados, padrotes y productores de carne.; las gallinas con su
mismo plumaje, los cuy pariendo en todo
momento, los conejos con sus pelos blancos y sus ojos rosados, los gallos finos
con su cantar, su pico corto, su cresta y su plumaje; los bocachicos, las
tilapias...todos uniformados de acuerdo a su especie. Y qué decir de las
plantas: las de yuca crecían a la par con sus hojas palmeadas, el maíz con sus
alternas y el árbol de trupillo
imponente ante el verano, el guayacán florecido en abril y la hierba
resistiéndose a la quema.
Sus compañeras y
compañeros eran distintos, se parecían a ellos mismos: tímidos, sencillos
descomplicados. Llenos de fantasías con mitos y leyendas propias que recreaban
en las noches de luna llena. Con voces poderosas que proyectan en el campo para
llamar el ganado y que para los que lo escuchaban por primera vez les daba la
sensación de quererse quedar para siempre allí. Cantadores de pajarito e
ingenuos ante la vida a tal punto que llevan sus cosechas a los graneros del
pueblo y los cambian por espaguetis y panela.
Les encantaba
sus vestidos de colores y se preguntaba
Andrea, porque no usaban nunca un uniforme de diario. El ingreso a la clase no estaba supeditado al
uniforme sino al querer estar allí, si los niños no llegaban a la escuela, o estaban enfermos
o la lluvia creció los arroyos y éstos no habían podido cruzar. No tenían que exhibir
el nombre de ningún colegio, como si fueran bestias marcadas por sus
propietarios. Nadie tenía poder sobre ellos, no se necesitaba, salvo sus
creencias.
La recogida de
la cosecha paralizo las clases, y la escuela se lleno de estudiantes solo
después que se termino la nueva siembra, pero Andrea ya no era parte del grupo,
sus compañeros le regalaron agua y comida cuando paso por la escuela poco tiempo
después con la tropa de muchachos que portaban el uniforme de diario verde.