martes, 26 de marzo de 2013



DE DIARIO

Kilométricos, les decían. A las seis de la tarde sonaba  la campana y salían en estampida. Eran varios los retenes que tenían que cruzar: el primero, el de la profe de religión quien las reparaba de pies a cabeza  a ver si adivinaba alguna picardía en sus rostros y luego contarlo en la clase del día siguiente, y ay! de aquella con la que se tropezara por casualidad en algún almacén, ahí sí que el tema se ponía interesante; el segundo era el del vice -rector, éste les observaba los labios, por si se los maquillaban para luego mandárselos a limpiar; el último retén, ese sí que era teso...”la mona”, la portera, a diferencia de los otros, las conocía a todas, se sabía los nombres y hasta los cursos en que estaban, así que si alguien las recogía a la entrada del colegio,  no dudaba en reclamárselo como si fuera su madre.

El uniforme de diario era garante de que  cuando pasearan por las calles de la ciudad los muchachos, no se les acercaran, y no era por que fueran malucas, a ellos lo que no les gustaba eran sus uniformes. Sus uniformes tenían algo raro; todas las personas reconocían los barrios de donde provenían todas ellas, además, ejercía una influencia insólita sobre sus conciencias, cuando salían con algún muchacho, no se imaginan lo que sentían, todo el colegio se les venía a la mente  se consideraban sucias y todo porque lo tenían puesto.
Dentro del colegio sí que era chévere tener puesto el uniforme, se podían  escabullir entre sus compañeras mientras arrebataban una papa caliente y luego negarlo. El dobladillo era estupendo para copiarse en los exámenes, solo tenían que levantar la falda y ahí estaba la respuesta; por supuesto, ningún profesor se atrevía  a buscar en ese sitio. Con el uniforme, lustraban los zapatos; el efecto era espectacular, pues  la textura de la tela se prestaba.  El uniforme podía servir incluso para montarse en los buses  en  "bonche" y pagar solo dos o tres  pasajes, cuando en realidad subían más de diez; eran las ventajas de ponérselo.
Con el uniforme parecían producidas en serie, como si los procesos de clonación ya existieran; y aunque sabían que estaban distintas, muchas veces les hicieron creer  que teniéndolo puesto eran iguales y por tanto, sus comportamientos debían ser iguales. Imaginarse que hubieran sido iguales, les aterraba ser iguales, ¿a qué? ¿A quién?

El uniforme de diario sacó a Andrea de apuros en su vida de adolescente. Siempre se sintió elegante, lo usaba planchado, con buen olor a jabón de bola y nadie se enteró nunca que  tenía dos mudas de ropa  particular y solo un par de zapatos colegiales. Parecía  como si la misma historia   se repitiera en sus vidas: huérfanas unas, violentadas sexualmente otras, trabajadoras domesticas, vendedoras, y muchas con  una profunda soledad.
Para Andrea y sus compañeras, la alegría de ponerse el uniforme de diario trascurría tras las clases de los profesores que explicaban con cariño, que no gritaban, no mandaba callar, no dictaban. Esos tenían magia, les despertaban el interés por los asuntos comunes, los intereses colectivos, les daban confianza y esperanza de  que podían desenvolverse aún en las dificultades, las escuchaban, les preguntaban lo que pensaban de lo que sucedía dentro y fuera del colegio.
Andrea se embarazó  de un chico que estudiaba en el colegio de varones que quedaba en la cuadra siguiente de su colegio, y debió dejar la escuela, el rector no le permitía quedarse pues según él, era un mal ejemplo para sus compañeras y no podía portar el uniforme, así que en medio del silencio de todos y todas tuvo que dejar la escuela. Lloró  mucho.

Su abuela se la llevo al campo, el barrio no debía enterarse de su nuevo estado, ella no entendió esto ni  tampoco el porqué su novio se desapareció una vez supo  que ella estaba embarazada.
En el campo, se fue a la escuela que solo tenía un salón grande y aprendió a montar bestias,  se aprendió los nombres de diferentes plantas, como cuidarse de algunos animales, se empezó  a sumergir en ese mundo y se dio cuenta que a sus compañeros y compañeras  no les interesaba contar números sino yucas, huevos, pollos, leños, ganado, matas de maíz, patillas, pepinillos, naranjas en fin, todo lo que podían traer al pueblo para vender. No les interesaba escribir rosa de flor, sino roza de cosecha. Les interesaba su vida diaria y en cualquier momento pedían la suspensión de la clase e improvisaban una pelota  con hojas de monte , bolsas y cabuya, en donde el profe, las niñas y niños jugaban en igualdad de condiciones.
Notó la ausencia del uniforme  de diario en los niños de la vereda. Salvo por aquellos  jóvenes como de su misma edad que en ocasiones pasaban por la escuela, todos vestidos de verde quienes pedían agua y comida y luego se iban y, los animales y las plantas: las vacas con las marcas de sus dueños dolorosamente colocadas con  hierros en el lomo o, la costilla de éstas, todas idénticas, de la misma raza y productoras de leche; los toros igualmente marcados, padrotes y productores de carne.; las gallinas con su mismo plumaje, los cuy  pariendo en todo momento, los conejos con sus pelos blancos y sus ojos rosados, los gallos finos con su cantar, su pico corto, su cresta y su plumaje; los bocachicos, las tilapias...todos uniformados de acuerdo a su especie. Y qué decir de las plantas: las de yuca crecían a la par con sus hojas palmeadas, el maíz con sus alternas y el  árbol de trupillo imponente ante el verano, el guayacán florecido en abril y la hierba resistiéndose a la quema.

Sus compañeras y compañeros eran distintos, se parecían a ellos mismos: tímidos, sencillos descomplicados. Llenos de fantasías con mitos y leyendas propias que recreaban en las noches de luna llena. Con voces poderosas que proyectan en el campo para llamar el ganado y que para los que lo escuchaban por primera vez les daba la sensación de quererse quedar para siempre allí. Cantadores de pajarito e ingenuos ante la vida a tal punto que llevan sus cosechas a los graneros del pueblo y los cambian por espaguetis y panela.

Les encantaba sus vestidos de colores  y se preguntaba Andrea, porque no usaban nunca un uniforme de diario. El  ingreso a la clase no estaba supeditado al uniforme sino al querer estar allí, si los niños  no llegaban a la escuela, o estaban enfermos o la lluvia creció los arroyos y éstos no habían podido cruzar. No tenían que exhibir el nombre de ningún colegio, como si fueran bestias marcadas por sus propietarios. Nadie tenía poder sobre ellos, no se necesitaba, salvo sus creencias.

La recogida de la cosecha paralizo las clases, y la escuela se lleno de estudiantes solo después que se termino la nueva siembra, pero Andrea ya no era parte del grupo, sus compañeros le regalaron agua y comida cuando paso por la escuela poco tiempo después con la tropa de muchachos que portaban el uniforme de diario verde.